El cinismo actual

El cinismo actual

Se ha modificado el cinismo filosófico de la Grecia antigua que criticaba a lo que dominaba en su época en el dominio del cinismo vulgar en la civilización actual. ¿Qué se puede hacer al respecto?

El cinismo actual

Juan de Althaus

En la Grecia antigua surgió la escuela filosófica cínica o quínica (del griego Kinoi, que significa «perro»). Diógenes de Sinope (413-327 a. C.) fue su pensador más relevante. Sostenía que el hombre libre rechazaba las riquezas y la comodidad, y no aceptaba las normas sociales, consideradas una ficción impuesta. Cuestionaba a los amos y la cultura de su época. Con una linterna vagaba por Atenas en busca de un «hombre de verdad», en una suerte de burla a la verdad y a los hombres. Utilizaba el sarcasmo como recurso discursivo ante los otros.

La autosuficiencia era su paradigma y, por ello, el perro constituía su ideal. Diógenes vivía en un tonel, hacía sus necesidades en la calle y comía de las sobras del mercado. Lo que no podía negar era el goce de su cuerpo, incluida la masturbación pública.

Se cuentan varias anécdotas sobre él. Una de ellas relata que, cuando lo invitaron a la lujosa mansión de uno de los amos de Atenas, le indicaron que no escupiera en el suelo. Diógenes escupió al dueño y le dijo que no había encontrado un lugar más sucio. En otra ocasión se encontró con Alejandro Magno, gran amo, héroe y discípulo de Aristóteles, quien le preguntó qué deseaba. Diógenes le respondió que se apartara porque le tapaba el sol. Platón lo calificaba de «Sócrates enloquecido» y era mal visto por las demás escuelas filosóficas.

El psicoanalista Jacques Lacan consideraba la posición cínica una bufonería, una payasada; sin embargo, decía verdades a cielo abierto, lo que podría calificarse de heroico. El cinismo tiene que ver con la perversión, no cree en nada ni nadie, salvo en su propia satisfacción individual.

La fórmula se ha invertido. Hoy, el cinismo es una posición subjetiva generalizada en la cultura y posee otro sentido. Se ha extendido como efecto de la ciencia —y sus objetos—, que todo lo cuestiona, del sistema consumista y de las libertades democráticas, que nos gobiernan, y que se ha filtrado en los poros de la civilización. Ya no se trata de una crítica radical a los valores dominantes de la época, sino de una virtud dominante para alcanzar cualquier goce por cualquier medio. Se ha generalizado así el «todo vale», sin considerar las consecuencias.

El desmoronamiento de los grandes ideales y soluciones, del nombre del padre ordenador del goce, de los llamados “valores” –ya considerados perdidos– entre otros relatos caídos de su pedestal, ha favorecido la instauración del cinismo moderno en el mundo. Pero no se trata de una restauración de las épocas anteriores.

Peter Sloterdijk, en su Crítica de la razón cínica, registra el cinismo como un factor dominante en todos los campos de la vida social contemporánea, pero señala la pérdida de su agudeza, creatividad y poesía como sucedía en la Grecia antigua.

De hecho, muchos cruzan la línea roja y pasan a la posición del canalla, del villano consumado: aquel que ejerce la astucia, la jugada tramposa, la estafa y la manipulación rastrera; en fin, el tratamiento de los otros como simples objetos que pueden ser utilizados, descartados o eliminados, que sabe que las reglas y la cultura no tienen fundamento último, pero pretende transformarse él como el fundamento de todo.

La ética del psicoanálisis no acepta esta generalización del cinismo de la época. Sin embargo, Jaques Lacan indicaba que al final de un análisis, donde han caído todas las identificaciones y el sujeto se confronta a su vacío estructural, queda un resto o saldo cínico a trabajar, pero implica también un saber hacer con ese resto y con la cultura, a cada momento, desde una ética del bien decir. Se trata de un pragmatismo no cínico, convirtiendo el Otro del lenguaje en operativo para el deseo singular de cada uno. La experiencia de un psicoanálisis, aunque no haya llegado a su término, posibilita al sujeto que él mismo pueda inventarse nuevas maneras de encarar su malestar.

Para el ciudadano civilizado de la época, un poco de cinismo medido, moderado, bien dirigido, al en parte al estilo de Diógenes, puede ser una opción para considerar. Habría que preguntarse si uno puede actuar un poco de bufón burlón sobre el cinismo y la canallada contemporáneos, al estilo quizás de un caricaturista, dándole una vuelta a esta condición. Es un asunto que compete a cada uno en su decisión propia.

 

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