Cuando perdemos a alguien que amamos, no solo sentimos tristeza.
Nuestro cuerpo también lo siente.
Cambian nuestros pensamientos, nuestro sueño, nuestro apetito, nuestra energía, nuestras ganas de hablar, de salir, de hacer las cosas que antes disfrutábamos.
Y muchas veces nos preguntamos:
“¿Por qué me siento así?”
“¿Por qué no puedo simplemente aceptar que ya no está?”
“¿Por qué mi mente sigue buscándolo?”
La respuesta también está en nuestro cerebro.
El cerebro también tiene que aprender a vivir con la ausencia
En nuestro cerebro existen sustancias llamadas neurotransmisores.
Podemos imaginarlos como mensajeros químicos que ayudan a que las células nerviosas se comuniquen entre sí y participen en procesos como el estado de ánimo, la motivación, el sueño, la memoria, el vínculo y la respuesta al estrés.
Cuando vivimos una pérdida importante, nuestro cerebro se encuentra frente a una realidad que necesita procesar:
algo que formaba parte de nuestra vida ya no está.
Una persona.
Una relación.
Una rutina.
Un proyecto.
Una forma de vivir.
Y el cerebro necesita tiempo para reorganizarse.
No es que “no quieras aceptar” la pérdida.
Es que tu cerebro todavía está aprendiendo una nueva realidad.
Oxitocina: el vínculo y el apego
La oxitocina participa en los procesos de vínculo, confianza, conexión social y apego.
Cuando compartimos nuestra vida con alguien, nuestro cerebro construye asociaciones: su voz, su presencia, sus abrazos, sus rutinas, sus palabras, incluso determinados lugares y momentos.
Por eso, después de una pérdida, podemos sentir una necesidad muy fuerte de buscar a esa persona.
Podemos mirar el teléfono.
Esperar un mensaje.
Entrar a una habitación y, por un instante, esperar encontrarla allí.
No es falta de voluntad.
Es parte de un cerebro que está tratando de adaptarse a la ausencia de un vínculo que antes estaba presente.
Dopamina: la motivación y la recompensa
La dopamina participa en los circuitos relacionados con la motivación, el aprendizaje, la recompensa y la búsqueda de aquello que consideramos significativo.
Cuando perdemos algo importante, muchas actividades que antes nos producían satisfacción pueden dejar de sentirse igual.
Salir.
Comer.
Hablar con otras personas.
Trabajar.
Celebrar.
Incluso levantarnos de la cama puede sentirse como un esfuerzo enorme.
Por eso durante un duelo podemos decir:
“No tengo ganas de nada.”
No significa necesariamente que hayas dejado de ser tú.
Tu cerebro está atravesando un proceso de adaptación y puede necesitar tiempo para volver a encontrar motivación y significado en las actividades cotidianas.
Serotonina: equilibrio y regulación
La serotonina participa en diferentes procesos del organismo, entre ellos la regulación del estado de ánimo, el sueño y el apetito.
Por eso el duelo puede venir acompañado de cambios en estas áreas.
Podemos dormir demasiado o muy poco.
Comer más o perder el apetito.
Sentirnos emocionalmente inestables.
Tener días en los que parece que estamos mejor y otros en los que volvemos a sentirnos profundamente tristes.
El duelo no siempre avanza en línea recta.
Un día puedes sentir que estás avanzando y al siguiente volver a llorar.
Y eso no significa que hayas retrocedido.
Noradrenalina: cuando el cuerpo permanece en alerta
La noradrenalina participa en la atención, la activación y la respuesta del organismo frente al estrés.
Cuando atravesamos una pérdida, especialmente cuando ha sido inesperada, traumática o muy dolorosa, nuestro sistema de estrés puede permanecer más activado.
Por eso algunas personas sienten:
ansiedad;
inquietud;
dificultad para concentrarse;
sensación de estar en alerta;
palpitaciones;
tensión corporal;
dificultad para dormir.
Es como si nuestro organismo todavía estuviera intentando entender:
“¿Qué pasó?”
Glutamato y GABA: activación y calma
También existen otros neurotransmisores importantes.
El glutamato participa en procesos relacionados con el aprendizaje y la memoria.
El GABA, por otro lado, ayuda a disminuir la actividad neuronal y participa en los mecanismos de regulación y calma del sistema nervioso.
Durante un duelo, nuestro cerebro está procesando una enorme cantidad de información: recuerdos, emociones, preguntas, imágenes, cambios y nuevas experiencias.
Por eso podemos sentir que nuestra mente no se apaga.
Pensamos.
Recordamos.
Repetimos conversaciones.
Imaginamos lo que pudo haber sido diferente.
Y volvemos una y otra vez al mismo recuerdo.
Entonces… ¿por qué siento que mi cerebro sigue buscando a esa persona?
Aquí está una de las partes más importantes.
Nuestro cerebro aprende mediante asociaciones y hábitos.
Si durante mucho tiempo alguien formó parte de nuestra vida, su presencia quedó integrada en nuestras rutinas y en nuestras expectativas.
“Le voy a contar esto.”
“Hoy vamos a hacer esto juntos.”
“Cuando llegue a casa estará allí.”
“Le voy a escribir.”
Pero la realidad cambió.
Y el cerebro necesita actualizar todas esas predicciones.
Por eso algunas veces sentimos que sabemos racionalmente que esa persona ya no está, pero emocionalmente todavía esperamos encontrarla.
La mente lo sabe antes de que el cuerpo consiga acostumbrarse.
Y ese proceso requiere tiempo.
El duelo no significa que tu cerebro esté roto
Significa que tu cerebro está intentando adaptarse a una realidad que no esperaba.
Por eso puedes sentir tristeza.
Ansiedad.
Vacío.
Cansancio.
Falta de motivación.
Necesidad de aislarte.
Dificultad para concentrarte.
Cambios en el sueño o en el apetito.
Necesidad de hablar de esa persona una y otra vez.
No todas estas experiencias aparecen en todas las personas, ni tienen una única causa química. El duelo es un proceso biológico, psicológico, emocional y social.
Y cada persona lo vive de una manera diferente.
Pero hay algo importante que quiero que recuerdes:
No tienes que atravesarlo fingiendo que no duele.
Puedes pedir ayuda.
Puedes hablar.
Puedes llorar.
Puedes aprender a comprender lo que estás sintiendo.
Y poco a poco, tu cerebro y tu corazón irán construyendo una nueva manera de relacionarse con esa ausencia.
Porque sanar no significa olvidar.
Sanar también es aprender a vivir con lo que cambió, sin dejar de vivir.
Pedir ayuda también es una manera de cuidarte.