Cuando un adolescente no dice que está sufriendo: lo que sus conductas pueden estar intentando contar
Por Psic. Arlen Resendez Yebra
Hay adolescentes que no siempre saben explicar lo que sienten. No siempre identifican qué les duele y, en ocasiones, ni siquiera consideran que aquello que viven sea un problema. Por eso, clínicamente no basta con escuchar lo que dicen. También necesitamos observar cómo se relacionan, qué evitan, qué repiten, qué les cuesta expresar y qué cambios aparecen en su conducta.
Imaginemos a un adolescente de 12 años que comienza a arrancarse el cabello.
Su madre intenta detenerlo:
—“No lo hagas.”
—“Contrólate.”
—“Tú puedes dejar de hacerlo.”
Pero quizá la pregunta clínica más importante no sea:
“¿Cómo conseguimos que deje de hacerlo?”
sino:
“¿Qué función está cumpliendo esa conducta?”
Arrancarse el cabello puede aparecer en contextos de tensión, ansiedad, aburrimiento o concentración, y en algunos casos puede corresponder a un trastorno específico como la tricotilomanía.
Por eso es importante evaluar antes de interpretar.
La conducta es un dato clínico. No es, por sí sola, una explicación.
Los adolescentes también pueden minimizar lo que sienten
Puede decir:
“Me da igual.”
“No me afecta.”
“No pasa nada.”
“Estoy acostumbrado.”
Y quizá realmente lo crea.
Pero estar acostumbrado a algo no significa necesariamente que no nos afecte.
Un adolescente puede haberse acostumbrado a ausencias, conflictos, críticas o separaciones y, aun así, experimentar consecuencias emocionales.
No es lo mismo no sentirse mal que no estar siendo afectado por una situación.
Lo que no se dice también puede pesar
Los niños construyen parte de la percepción que tienen de sí mismos a partir de sus vínculos significativos. Sin embargo, no toda dificultad familiar produce automáticamente un trauma.
La historia individual, el temperamento, las figuras de cuidado y las experiencias posteriores intervienen conjuntamente.
Por eso, en lugar de preguntarnos:
“¿Quién tuvo la culpa?”
puede ser más útil preguntar:
“¿Qué significado tuvo esta experiencia para este niño?”
Dos hermanos pueden vivir una situación aparentemente similar y construir significados completamente diferentes.
La situación externa puede ser la misma. La experiencia interna no.
Cuando un niño se convierte en “el que puede con todo”
“Es muy inteligente.”
“Él puede solo.”
“Es muy maduro.”
“Con él no hay problema.”
Parecen mensajes positivos. Pero incluso los elogios pueden convertirse en una carga cuando el niño aprende que su valor está relacionado con ser competente, no necesitar demasiado y no generar problemas.
Puede comenzar a funcionar bajo una lógica silenciosa:
“Si yo puedo solo, los adultos no tienen que preocuparse por mí.”
Y quizá termina cuidando emocionalmente de los demás mientras nadie se pregunta quién está cuidando de él.
La adolescencia también puede ser una oportunidad
La adolescencia es un periodo de importante reorganización psicológica, en el que se construye una identidad más diferenciada de los padres y adquieren mayor relevancia los pares.
Por eso puede ser un momento importante para intervenir sobre dificultades que comenzaron mucho antes.
Lo que no pudo elaborarse en una etapa puede comenzar a comprenderse y resignificarse en otra, especialmente con vínculos seguros y acompañamiento adecuado.
La reparación no consiste en borrar el pasado
Una madre puede preguntarse:
“¿Cómo puedo compensar lo que no hice cuando mi hijo era pequeño?”
No podemos regresar a esos años.
Pero sí podemos reconocer, escuchar y reparar.
A veces comienza con frases sencillas:
“Quizá hubo cosas que no supe hacer mejor.”
“Quiero entender cómo lo viviste tú.”
“Si hubo momentos en los que te sentiste solo, quiero escucharte.”
Escuchar no significa aceptar cualquier conducta. Significa permitir que exista una experiencia emocional sin convertirla inmediatamente en una defensa.
Cuando una conducta cuenta una historia
Cambios importantes en el sueño, rendimiento, alimentación, aislamiento, irritabilidad, conductas de riesgo o comportamientos repetitivos merecen atención.
No debemos interpretarlos automáticamente como “llamadas de atención”, pero tampoco ignorarlos.
Podemos preguntarnos:
¿Qué ocurre antes, durante y después de esta conducta?
¿Qué siente?
¿Qué piensa?
¿Qué sucede en su entorno?
¿Qué obtiene o evita con ella?
Estas preguntas permiten pasar de controlar la conducta a comprenderla.
No necesitamos padres perfectos.
Los hijos tendrán pérdidas, frustraciones, conflictos y decepciones. La meta no es construir una infancia sin dificultades, sino relaciones donde puedan pensar:
“Cuando algo me pasa, no estoy solo.”
La reparación es posible.
Y quizá la pregunta más importante no sea:
“¿Qué tiene?”
sino:
“¿Qué está intentando comunicar esta conducta?”
No para encontrar culpables ni convertir cada conducta en un trauma.
Sino para abrir una puerta.
Porque muchas veces un adolescente no necesita que un adulto adivine lo que siente.
Necesita saber que, cuando finalmente encuentre las palabras, habrá alguien dispuesto a quedarse para escucharlas.
Y quizá una de las formas más importantes de acompañar a un hijo sea ayudarlo a construir las palabras que algún día le permitan contar su propia historia.