Más allá del fuego: ¿amar intensamente significa amar mejor?
Cuando pensamos en el amor, con frecuencia lo asociamos con intensidad.
Mariposas en el estómago, deseo constante de estar con la otra persona, miedo a perderla, necesidad de saber de ella, discusiones cargadas de emoción y reconciliaciones igualmente intensas. La cultura, las películas, las canciones e incluso muchas de nuestras propias experiencias nos han enseñado a interpretar esa intensidad como una señal de que estamos amando profundamente.
Pero ¿amar intensamente significa necesariamente amar mejor?
Desde la psicología, la respuesta no es tan sencilla.
El amor también puede confundirse con otras emociones
Dentro de una relación pueden coexistir amor, deseo, apego, miedo, inseguridad, dependencia, necesidad de aprobación y temor al abandono.
El problema aparece cuando todas estas emociones terminan agrupándose bajo una misma palabra: amor.
Entonces podemos llegar a interpretar los celos como una demostración de cariño, la necesidad constante de contacto como compromiso o el sufrimiento provocado por una relación como prueba de que ese vínculo es especialmente profundo.
Pero sufrir intensamente por alguien no necesariamente significa amar intensamente.
A veces significa que existen necesidades emocionales, heridas, expectativas o temores que se han vinculado a esa relación.
Amar sin desaparecer dentro del otro
Una relación saludable no debería exigirnos abandonar nuestra identidad.
Amar a otra persona implica compartir una parte importante de nuestra vida, pero también conservar nuestros intereses, amistades, proyectos, espacios personales y capacidad de tomar decisiones.
Cuando toda nuestra estabilidad emocional empieza a depender de lo que la otra persona haga, diga o sienta hacia nosotros, la relación puede transformarse progresivamente en una fuente de ansiedad.
Comenzamos entonces a preguntarnos:
“¿Por qué no me respondió?”
“¿Seguirá sintiendo lo mismo por mí?”
“¿Y si conoce a otra persona?”
“¿Qué voy a hacer si me deja?”
En ese momento ya no solamente estamos viviendo una relación. Podemos estar intentando protegernos constantemente de la posibilidad de perderla.
Una relación también necesita libertad
Paradójicamente, una de las cosas más difíciles de aceptar sobre el amor es que amar a alguien no nos concede control sobre esa persona.
No podemos controlar completamente sus pensamientos, decisiones, sentimientos ni permanencia.
Y precisamente por eso una relación saludable necesita confianza.
Confiar no significa tener la certeza de que nunca ocurrirá algo doloroso. Significa aceptar que una relación se construye entre dos personas que deciden permanecer juntas, no entre dos personas obligadas a hacerlo.
Intentar eliminar toda posibilidad de pérdida puede llevarnos a vigilar, exigir, controlar o buscar constantemente confirmaciones de afecto.
Y cuanto más intentamos asegurar el vínculo mediante el control, más fácilmente podemos terminar deteriorándolo.
El fuego puede dar calor, pero también puede quemar
Esta reflexión fue una de las ideas que dieron origen a mi libro Más allá del fuego.
Utilizo el fuego como una metáfora porque describe muy bien muchas relaciones humanas.
El fuego puede representar pasión, cercanía, deseo, compañía y calidez.
Pero cuando no sabemos regularlo también puede consumir aquello que intentábamos proteger.
Algo parecido ocurre con nuestras emociones.
No necesitamos dejar de sentir intensamente. Necesitamos aprender qué hacer con aquello que sentimos.
Podemos sentir celos sin controlar.
Podemos sentir miedo sin impedir que el otro tenga libertad.
Podemos sentir ira sin lastimar.
Podemos amar profundamente sin dejar de existir como individuos.
Amar también es aprender a regularse
Una relación emocionalmente saludable no es aquella en la que nunca existen conflictos, inseguridades o momentos difíciles.
Es aquella en la que ambas personas pueden aprender a reconocer sus emociones, comunicarlas y manejarlas sin convertirlas constantemente en daño para el otro.
Parte del amor adulto consiste en comprender que nuestra pareja puede acompañarnos, pero no puede hacerse responsable de resolver todas nuestras heridas emocionales.
Hay procesos que también nos corresponden.
Aprender a tolerar la incertidumbre.
Reconocer nuestros miedos.
Revisar nuestras experiencias anteriores.
Aprender a comunicarnos.
Establecer límites.
Y comprender cuándo una relación necesita cambiar o incluso terminar.
Más allá del fuego
Quizás el objetivo no sea encontrar una relación en la que sintamos menos.
Quizás sea aprender a relacionarnos de una forma en la que podamos sentir profundamente sin destruirnos en el proceso.
Porque el amor puede ser intenso sin ser caótico.
Puede haber pasión sin dependencia.
Puede existir compromiso sin control.
Y podemos amar a alguien profundamente sin dejar de amarnos también a nosotros mismos.
Ese espacio, en el que el amor deja de ser únicamente fuego y comienza también a convertirse en comprensión, respeto, libertad y crecimiento, es precisamente donde puede comenzar una forma diferente de relacionarnos.