Este ensayo reflexiona sobre la insuficiencia de la palabra y la función del arte como vía de sublimación. Desde una mirada psicoanalítica, se explora cómo el acto creativo permite transformar las pulsiones en forma simbólica.
A veces la palabra resulta insuficiente. Su potencia simbólica, que en el arte teatral constituye el material primordial, puede revelarse limitada ante la magnitud de la experiencia subjetiva. Incluso en el arte dramático —donde el texto es el punto de partida— se afirma que la palabra restringe. Surge entonces la pregunta: ¿qué ocurre cuando la palabra ya no alcanza? ¿Qué hacer cuando el significante se agota y el sujeto se enfrenta a lo indecible?
El arte, en sus múltiples manifestaciones, emerge precisamente allí donde el lenguaje verbal fracasa. Se canta cuando las palabras no bastan; se danza cuando el movimiento cotidiano no logra vehicular la intensidad del sentir. La creación artística aparece como un acceso a otro registro del alma humana, un espacio donde el sujeto puede tramitar aquello que no encuentra lugar en el discurso ordinario. Como sostiene Freud, “la energía pulsional no desaparece nunca; tan solo cambia de objeto o de fin” (Tres ensayos sobre teoría sexual 56). El arte, entonces, es uno de los modos privilegiados de esa transformación.
Freud, citando a Heine, nos recuerda que “la enfermedad es el fundamento último del conjunto del empuje creador; creando, me he curado” (Introducción del narcisismo 96). En esta frase se condensa la idea de la sublimación como mecanismo psíquico que permite transformar la energía pulsional en una producción culturalmente aceptada, sin necesidad de represión. La creación, así, no solo es un acto estético, sino también un acto terapéutico: una forma de cura a través del símbolo.
Durante mi proceso de cartel y análisis, se produjo algo singular: el estudio teórico y la práctica analítica se entrelazaron. Las noches dedicadas a la lectura de Lacan se transformaron, inesperadamente, en un espacio de autointerpretación. En cada concepto, en cada frase, hallaba un espejo. Esa experiencia me permitió integrar mi práctica artística con mi proceso psicoanalítico: el cartel se convirtió en una escena transferencial donde el saber teórico y la experiencia subjetiva se fundían. Como diría Lacan, “el inconsciente está estructurado como un lenguaje” (Seminario 11 149), y en ese sentido, estudiar y analizar fueron actos equivalentes de lectura de mí misma.
Soy artista: canto, danzo y me dedico al arte teatral, esa forma que algunos consideran la suma de todas las artes. Elegí dedicar este ensayo a la sublimación porque ella ha modificado radicalmente mi comprensión de la práctica escénica. Antes concebía el arte como algo “inútil” en el sentido cotidiano; ahora reconozco en él una función psíquica profunda: la de transformar el dolor en forma, la angustia en gesto, el deseo en acto creador.
El arte, desde esta perspectiva, no es solo una expresión estética, sino una vía de elaboración simbólica. Comprendí así el privilegio que implica poder sublimar mis propias historias, dolores y afectos. En diversas sesiones analíticas relaté cómo, a través del canto, la danza o la actuación, lograba canalizar aquello que no podía ser dicho. Estas experiencias me condujeron a una serie de interrogantes: ¿todas las personas pueden sublimar? ¿Toda sublimación se manifiesta necesariamente como arte? ¿Cómo pensar la sublimación en aquellos sujetos que parecen no tener acceso a esta vía?
En este proceso, he reconocido el valor del arte en mi vida y de mi vida en el arte. Aunque la frase parezca simétrica, su sentido no lo es: en la primera, el arte contiene al sujeto; en la segunda, el sujeto se convierte en materia del arte. Siguiendo a Kant, lo bello es aquello que se contempla, mientras que lo sublime es lo que nos desborda: “es aquello absolutamente grande ante lo cual toda comparación resulta inadecuada” (Crítica del juicio 98). Lo sublime, como lo inconsciente, irrumpe y transforma.
Hace dos años tuve una experiencia transformadora en el Centro de Reinserción Social “San Miguel”, trabajando con el área de varones. A través de la danza, la música, el teatro, la pintura y el performance, los internos encontraron una vía para apalabrar sus historias, para dotar de forma a sus pulsiones y elaborar simbólicamente sus duelos. Lo que comenzó como un taller se transformó en una experiencia de creación colectiva: hoy existe allí un grupo de teatro penitenciario que participa en concursos nacionales de pastorelas. Este hecho evidencia que la sublimación no es un privilegio exclusivo del artista, sino una posibilidad humana de transformar el sufrimiento en sentido.
He comprendido, entonces, que la sublimación constituye una capacidad, un medio y una forma privilegiada de tramitar las pulsiones sin recurrir a la represión. En la creación, el sujeto encuentra una salida que no lo aliena, sino que lo reconcilia con su deseo. El arte, desde esta mirada, no solo embellece el mundo: lo humaniza.
Blanco arte espacio en blanco
Blanca mente espacio en blanco
Triste alegre espacio en blanco
Blanco arte que me hace
Danzar, brinco, amar, el arte
Coloco, muevo, danzo el arte
Soplo, hablo, canto, muevo
Hablo, pienso, siento, luego creo
Luego creo que pienso cuando hablo y siento
Siento cuando pienso y hablo
Creo cuando siento
Siento y pienso
Hablo y creo
Creo
REFERENCIAS
Freud, Sigmund. Introducción del narcisismo. Traducido por José L. Etcheverry, Amorrortu Editores, 1984.
---. Tres ensayos sobre teoría sexual. Traducido por Luis López Ballesteros, Alianza Editorial, 1991.
Heine, Heinrich. Poesías completas. Traducido por Rafael Cansinos Assens, Aguilar, 1958.
Kant, Immanuel. Crítica del juicio. Traducido por Manuel García Morente, Espasa-Calpe, 2003.
Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Traducido por Tomás Segovia, Paidós, 1987.