Cuando el malestar no es un trastorno: ansiedad, sobrecarga y exigencia en la vida cotidiana

Autor: Constanza García Lopez , 21/12/2025 (29 vista)
Relaciones, Emociones y sentimientos, Sentido de la vida, Desarrollo personal, Estrés
Cuando el malestar no es un trastorno: ansiedad, sobrecarga y exigencia en la vida cotidiana

El malestar actual, ofreciendo espacios para poder darle un lugar sin patologizar lo que desborda

En la clínica psicológica contemporánea es cada vez más frecuente recibir consultas de personas —especialmente mujeres y madres— que llegan con una sensación difusa pero persistente: cansancio extremo, ansiedad constante, irritabilidad, culpa, dificultad para descansar y la vivencia de estar siempre “corriendo atrás de algo” veces la pregunta que aparece es: “¿Qué me pasa?, ¿por qué no puedo con esto si se supone que debería?”.

Desde una mirada clínica, resulta fundamental hacer una distinción clave: no todo malestar es un trastorno. En numerosos casos, lo que se manifiesta como ansiedad o desregulación emocional es la consecuencia directa de una sobrecarga sostenida en el tiempo, de exigencias internas y externas que no encuentran espacio de alivio ni sostén.

Vivimos en un contexto que promueve la autoexigencia constante, la productividad como valor central y la idea de que “poder con todo” es sinónimo de fortaleza. En la maternidad, esta lógica se intensifica: se espera disponibilidad emocional permanente, paciencia infinita, organización impecable y, al mismo tiempo, rendimiento laboral y presencia afectiva sin fisuras. Cuando el cuerpo o la psiquis dicen basta, el mensaje suele leerse como falla personal, en lugar de como señal de agotamiento.

La ansiedad, en estos casos, no aparece como un enemigo a erradicar, sino como un lenguaje del psiquismo. Se expresa a través del cuerpo —insomnio, opresión en el pecho, contracturas, cansancio— y del pensamiento —preocupación constante, anticipación negativa, dificultad para desconectar—. Lejos de ser un defecto, cumple una función: advertir que algo del modo en que se está viviendo resulta insostenible.

Uno de los núcleos más frecuentes del malestar es la culpa. Culpa por necesitar descanso, por desear espacios propios, por enojarse, por no disfrutar como “se debería”. Esta culpa actúa como un mecanismo que refuerza la sobrecarga, porque impide registrar límites y pedir ayuda. Así, muchas mujeres continúan funcionando en automático, aun cuando el cuerpo y las emociones están claramente saturadas.

El trabajo terapéutico, en este punto, no consiste en enseñar a “aguantar más”, sino en habilitar una escucha distinta. Escuchar qué está diciendo la ansiedad, qué necesidades quedaron relegadas, qué exigencias internas operan sin ser cuestionadas. Se trata de correr la mirada del diagnóstico rápido y abrir un espacio donde el malestar pueda ser pensado en relación con la historia personal, los vínculos y el contexto actual.

La terapia ofrece un lugar para ordenar lo que desborda. Poner palabras donde hay confusión, diferenciar lo propio de lo impuesto, revisar mandatos, aprender a regular emociones intensas y, fundamentalmente, legitimar el derecho al cuidado. Este proceso no suele ser inmediato ni espectacular, pero sí profundamente transformador: cuando una persona deja de vivirse como “defectuosa” y empieza a entenderse como alguien cansada, exigida o sola, algo del alivio comienza a instalarse.

En el caso de las madres, este trabajo implica también revisar la identidad. Muchas consultan atravesadas por la pregunta de quiénes son más allá del rol materno, qué desean, qué necesitan y qué espacios propios quedaron suspendidos. Lejos de ir en contra del cuidado de los hijos, este movimiento suele fortalecerlo: una madre menos desbordada es una madre con mayor disponibilidad emocional real, no forzada.

Pensar el malestar desde esta perspectiva no implica minimizar el sufrimiento ni negar la existencia de cuadros clínicos que requieren abordajes específicos. Implica, más bien, no patologizar la vida. Reconocer que hay síntomas que no hablan de enfermedad, sino de contextos exigentes, vínculos desbalanceados y tiempos subjetivos que no están siendo respetados.

La psicología tiene hoy el desafío de ofrecer espacios donde el alivio no dependa de adaptarse a lo imposible, sino de construir formas de vivir más habitables. Acompañar procesos de ansiedad y sobrecarga desde una mirada humana, ética y situada es, en este sentido, una manera de devolverle al sufrimiento su contexto y a la persona, su dignidad.

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