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De frente a las nuevas singularidades clínicas: La praxis en acción y la humanidad del analista

Autor: Mariela Catalina Puleo , (45 vista)
Sentido de la vida
De frente a las nuevas singularidades clínicas: La praxis en acción y la humanidad del analista

Una interpelación a la rigidez ortodoxa y una apuesta por la praxis en acción. Frente al desamparo subjetivo actual, este artículo propone una clínica basada en la ética comprensiva, la implicación de la humanidad del analista y el respeto sagrado por los tiempos de quien cae y no puede pensar.

De frente a las nuevas singularidades clínicas: La praxis en acción y la humanidad del analista

Por Lic. Mariela Puleo

Hacer clínica hoy no puede ser sinónimo de repetir recetas de hace cien años, pero tampoco puede significar sumarse a la urgencia contemporánea de los parches conductuales, el optimismo empresarial y la felicidad obligatoria. El desafío de nuestra época es pararse con firmeza de frente a las nuevas singularidades clínicas: construir una práctica de vanguardia que sostenga con rigor científico y teórico los pilares fundamentales del psicoanálisis —el inconsciente, la transferencia, la palabra y el respeto absoluto por la singularidad— pero dándoles una vuelta de tuerca definitiva, situada en el sufrimiento real del siglo XXI.

Estar al servicio en el consultorio actual implica asumir una posición política y subjetiva disruptiva: la ética comprensiva.

Alejados de la vieja escuela que exigía una "distancia óptima" fría y una neutralidad que a menudo rozaba el abandono analítico, los terapeutas de hoy necesitamos la plasticidad de adentrarnos en lo que el paciente verdaderamente necesita. El analista del siglo XXI opera como contención directa del sufriente. Estar al servicio no es transformarse en un consejero paternalista ni vender soluciones mágicas; es tener la capacidad de construir intervenciones activas, cercanas y lo más certeras posibles para que el sujeto pueda, por fin, tener un andamio desde donde pensarse. Es entender la terapia como una praxis en acción, donde no hay recetas prefabricadas porque cada dolor exige un mapa nuevo.

Cuando el psiquismo no puede y el secreto se desnuda

Esta ética comprensiva se vuelve indispensable cuando nos topamos con el desamparo actual. Vivimos en una cultura que nos coloniza la mente exigiéndonos ser constantemente funcionales, eficientes y autogestionables. Sin embargo, en la intimidad del consultorio la realidad es otra: nos encontramos con momentos donde el psiquismo, abrumado por el dolor o por su propia historia, simplemente no puede generar herramientas. No es una falla en la fuerza de voluntad; es un aparato psíquico que se ha quedado sin recursos simbólicos para tramitar el malestar.

Es ahí donde el sujeto cae, sube, fluctúa y se estanca en una marea rumiante que lo desborda. Cuando los recursos internos fallan, la respuesta debe ser la continentación. El analista necesita despojarse de la armadura teórica para humanizarse ante quien acude a nosotros y, en un acto de valentía extrema, desnuda sus más profundos secretos, sus zonas más oscuras y sus verdades más silenciadas. Sostener ese nivel de intimidad subjetiva requiere un analista dispuesto a implicar su propia humanidad, registrando y pensando activamente su contratransferencia: ese oleaje interno que a nosotros también nos pasa por el cuerpo al escuchar el desgarro del otro. No somos pantallas en blanco; somos sujetos sintientes conmovidos por la verdad del paciente.

Ofrecer un espacio que aloje ese encuentro, que valide el derecho a no poder y que sostenga la caída sin juzgarla como un fracaso es el primer paso para que el sufrimiento empiece a adquirir otra dignidad. No buscamos emparchar al sujeto para que vuelva corriendo a la máquina de producir; buscamos comprender y respetar los tiempos de su síntoma.

La repetición y los límites de la escansión

Practicar esta ética nos obliga, inevitablemente, a interpelar ciertos dogmas de la ortodoxia que, bajo el ala de la teoría pura, a veces caen en una rigidez desmedida. Pienso, específicamente, en la escansión: ese corte abrupto de la sesión basado en el tiempo lógico que la tradición lacaniana propone como revelador. En la clínica del desamparo y el vacío actual, la escansión aplicada de forma dogmática puede operar como un acto expulsivo y desorganizador.

Hay estructuras y momentos en el tratamiento donde el paciente puede pescar un corte de inmediato y poner a trabajar su inconsciente. Pero hay otros donde el psiquismo se respalda en una repetición masiva. Cuando el pensamiento se bloquea en un loop rumiante y el paciente no puede pensar, un corte de sesión no despierta nada; solo profundiza el abismo del aislamiento.

Frente a la tentación de la intervención técnica brillante, el analista debe detenerse y preguntarse con honestidad ética y humana: ¿Mi paciente puede tolerar este vacío hoy? ¿Está preparado o preparada para este corte? Si la respuesta es no, la rigidez teórica debe ceder.

Respetar los tiempos del paciente implica entender que no hacemos magia y que la repetición masiva es, a veces, el único borde precario que ese psiquismo encontró para no desarmarse del todo. Si el sujeto está atrapado en ese bucle y no puede salir, nuestra tarea no es cerrarle la puerta y dar por terminada la sesión; nuestra tarea es generar un desvío. Intervenir activamente para llevarlo por otros lugares, ofrecer una vía alternativa de descarga cognitiva o corporal, y suspender temporalmente la exigencia de la lógica pura para que aparezca, a su propio ritmo, una palabra nueva.

Humanizar el encuentro cara a cara

Descolonizar nuestra práctica es entender que el consultorio no es un laboratorio aislado del mundo, sino un refugio intersubjetivo. El lazo social herido por la desconfianza, la competencia y el aislamiento no se cura en la distancia aséptica, se repara en la transferencia encarnada.

Construir una clínica de vanguardia es animarse a habitar ese borde incómodo: el lugar donde el rigor conceptual se pone al servicio del dolor del paciente, y no al revés. Se trata de humanizar el encuentro cara a cara, de asumir nuestra propia dimensión subjetiva, de sostener la orilla en plena tormenta y de acompañar al sujeto a tejer, desde su propio suelo herido, una soberanía mental que le permita volver a elegir su destino.