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Luciana Polito

Luciana P.

  • Psicólogo

Experiencia: 

5 años

Idioma: 

ES

Certificados: 

1

Solicitó: 

Administración

Distrito: 

Villa General Mitre

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¿En qué puedo ayudar?

Mi nombre es Luciana Polito. Soy Licenciada en Nutrición, Coach y Counselor (consultora psicológica). Me especialicé en TCA (trastornos de la conducta alimentaria) y trabajo con adolescentes y adultos desde la modalidad virtual. Desde el counseling abordo temáticas de parejas, crecimiento personal y adolescencia entre otros.

Acepto aquí

Dirección Avenida Boyacá

Distrito Villa General Mitre

Enfoques y métodos en los que trabajo:

Mi nombre es Luciana Polito y desde hace más de 17 años que me dedico a la atención en consultorio de pacientes con TCA (trastornos de la conducta alimentaria), diabetes, hipertensión, obesidad y problemas gastrointestinales entre otros.

Desde la terapia de Counseling abordo temáticas como crecimiento personales, separaciones, problemas de pareja o laborales entre otros. Considero que la escucha activa es la clave para poder acompañar al consultante en su proceso.

Considero que el proceso de counseling proporciona al consultante las herramientas necesarias para afrontar las dificultades de la vida cotidiana desde otra mirada.

Soy egresada de la Universidad de Belgrano en el año 2005 de Licenciada en Nutrición. Soy Coach Ontológico (2020) y Counselor egresada de Holos. Actualmente ejerzo como profesora en escuelas de educación media del Gobierno de la ciudad y atiendo pacientes de manera particular.

Me especialicé en TCA(trastornos de la conducta alimentaria) y adolescencia. Soy Coach Ontológico abordando las temáticas tanto grupales como individuales desde una mirada holística integradora teniendo en cuenta que el consultante es un todo.

Me especialicé en adolescencia

Universidad de Belgrano
Licenciatura en Nutrición
22 de diciembre de 2005 - 1 de febrero de 2006
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Artículos del psicólogo
1
Crónicas de un cuerpo perfecto
Luciana P.
11.10.2024
Crónicas de un cuerpo perfecto

<p>Es una novela en donde la protagonista, Lucía, es una adolescente de 13 años que comienza a escribir su diario íntimo y va relatando sus vivencias personales entrelazándolas con &nbsp;los trastornos alimentarios (en este caso bulimia y anorexia). Se siente presa de un cuerpo que no le pertenece y desde ahí se puede observar cómo se desarrollan los TCA en esa edad, con signos y síntomas característicos de la edad, con una madre que inconscientemente ha padecido síntomas parecidos pero nos niega.</p><p>Un pequeño fragmento:&nbsp;</p><p><i>"Despierto en la madrugada con un hambre voraz, incontrolable. Bajo la escalera, me siento en el&nbsp; piso y abro la alacena. No sé por dónde empezar a tragar. Abro un paquete de galletitas, abro otro,&nbsp; luego recurro a las madalenas rellenas de dulce de leche. No alcanza. Sigo con la heladera, un&nbsp; paquete de fiambre, el tarro de mermelada, el pote de queso untable que encima es light, ya no&nbsp; importa, algunas mandarinas, una milanesa del día anterior. Todo lo devoro sin ser consciente de&nbsp; ello. Cuando termino y caigo en la cuenta de las calorías que acabo de ingerir me quiero matar. Me&nbsp; viene una sensación de culpa que es inexplicable, quiero volver el tiempo atrás y no sé cómo.&nbsp; Tambaleando voy hasta el baño, me arrodillo frente al inodoro y me meto los dedos hasta el fondo&nbsp; de la garganta. Una sensación de asco y náuseas se mezclan, rápidamente viene el vómito y atrás&nbsp; otro y otro. Mi estómago se va vaciando hasta que ya no queda nada. Me siento feliz de lo que estoy&nbsp; haciendo. Me invade un miedo a no saber lo que va a pasar, estoy mareada, vomito sangre y estoy&nbsp; sudorosa.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>Ese miedo se esfuma cuando me doy cuenta de que pude volver el tiempo atrás… y ahí&nbsp; despierto".</i></p><p><i>Esta es la historia de Lucía, mi historia. No sé por dónde empezar, pero creo que lo haré por&nbsp; el principio.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>La idea de escribir un libro me aterraba, ya que era algo que no estaba en mis planes. Un día, y con casi 21 años, vino Pilar y me dijo que una amiga de ella se estaba haciendo la carta astral con&nbsp; un amigo y que era muy bueno. En ese momento no dudé un minuto y llamé para que me diera un&nbsp; turno. Sin pensarlo, porque sabía que al ser un poco influenciable y que no estaba pasando por mi&nbsp; mejor momento. Seguí mi instinto y saqué ese turno.&nbsp;</i></p><p><i>Cuatro días después, me dirigí hacia el barrio de Once y llegué a su consultorio. ¿Iba a&nbsp; cambiar mi vida, ese día?&nbsp;</i></p><p><i>Pablo me abrió la puerta, en ese momento no me imaginaba que se convertiría, en pocos&nbsp; minutos, en mi guía espiritual.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>El consultorio estaba en su casa, parecía un templo, todo bañado de color blanco, reluciente,&nbsp; con lo justo y necesario para no sobrecargar el ambiente. Entré, atravesé un living diminuto hasta que&nbsp; llegué al escritorio. Sin cuadros ni bibliotecas, todo parecía estar en armonía. Solamente una cortina&nbsp; adornaba el pequeño espacio. Me senté en el único sillón que tiene para recibir a sus clientes y&nbsp; empiezo la sesión. No era la primera vez que consultaba para saber cosas de mi vida: ya lo había&nbsp; hecho en otras ocasiones. Cada uno, a su manera y con sus ritos —usando cartas, paños de tarot,&nbsp; velas de colores, ángeles enormes que daban miedo y un montón de otros elementos que a veces&nbsp; producían escalofríos—. Acertaban ciertos aspectos de mi vida y personalidad; pero creaban falsas&nbsp; expectativas, me hacían ilusionar para luego no ver ningún resultado. En cambio, con Pablo fue&nbsp; diferente. No me hizo una carta astral futurológica, sino que optó por guiarme desde el lugar que&nbsp; estaba transitando mi vida en ese momento, para que yo misma me fuera encaminando, sin depender&nbsp; de otros elementos.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>Empezamos hablando de mi lugar desde la astrología, la posición de los astros, planetas y un&nbsp; montón de otras cosas que poco entendí. Al principio me sentía medio incómoda, pero con el correr de los minutos, él se encargó de revertir esa sensación. Como pudo, y utilizando palabras comunes,&nbsp; me fue explicando lo que significaba cada cosa. Puse cara de “entiendo todo”, y listo. Empezó a decirme cosas de mi vida que ni yo sabía, o que sabía y no quería reconocer, entre&nbsp; ellas, mencionó la relación con mi mamá. Una combinación que en su momento trajo aparejados&nbsp; muchos problemas. Siempre nos relacionábamos de manera simbiótica, y a la vez competitiva. Ella&nbsp; trataba de enseñarme y aconsejarme, desde lo que creía que era lo mejor y la verdad. En cambio, yo buscaba mi propia experiencia y prefería darme la cabeza contra la pared. A pesar de que traté de ser&nbsp; lo más independiente posible, no lo logré. Siempre me veía influenciada por mi mamá y es a ella a la&nbsp; que le debo varios de mis males.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>También mencionó e hizo bastante hincapié en eso que tenía que explotar mi potencial&nbsp; creativo y sacar lo mejor de mí. Yo no sé si se había fumado algo raro —porque en ese caso debería&nbsp; haberme convidado— o si estaba mal de la cabeza. Yo no me sentía con ningún potencial para nada,&nbsp; excepto para arruinar todas las situaciones. De escribir ni hablar.&nbsp;</i></p><p><i>—Lucía, vos tensé un potencial muy bueno para lo creativo. La carta lo dice perfectamente.&nbsp; El problema es que el miedo a sacarlo y ponerlo en práctica es más fuerte. Vos lo que no querés es&nbsp; sentirte rechazada por tu familia y menos por la sociedad. Es el miedo al fracaso el que no te deja&nbsp; expresarte en tu totalidad. Deberíamos charlar un poco más acerca de esto.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>—Pablo, yo nunca hice nada, no sé de lo que me estás hablando. Las manualidades, por&nbsp; ejemplo, no son lo mío. Qué sé yo… decime algo más específico porque la verdad es que no te&nbsp; entiendo.&nbsp;</i></p><p><i>—No me refiero a las manualidades solamente, sino a lo creativo en general. Pintar, dibujar,&nbsp; escribir... ¿nunca escribiste?&nbsp;</i></p><p><i>—No, la verdad que no.&nbsp;</i></p><p><i>—Pensá Lucía, aunque sea lo más pequeño, ¿alguna carta o dedicatoria que hayas hecho?... ¿Algo para el colegio? Me dijiste que hiciste la orientación en Comunicación y Educación, ahí, algo&nbsp; tenés que haber escrito.</i></p><p><i>—Es verdad, pero eran cosas para el colegio. Nada que me saliera por cuenta propia. Siempre&nbsp; obligada.&nbsp;</i></p><p><i>— ¿Nunca le escribiste a tus amigas? ¿Ni una mísera carta para el día del amigo? —Te lo juro, Pablo, jamás escribí nada. Quizás algunas líneas a las chicas… pero cuando nos&nbsp; íbamos todas de vacaciones sabiendo que por un mes no nos veríamos.&nbsp;</i></p><p><i>—Bueno, eso es un paso. Podrías empezar a escribir algo de tu vida, o de cualquier otra&nbsp; cosa… no sé… algo de ficción. Vos tenés mucha imaginación que estaría bueno que volcaras en&nbsp; algún lado.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>— ¿Vos me lo estás diciendo en serio?&nbsp;</i></p><p><i>—Sí, claro.</i></p><p><i>En ese momento pensé que le faltaban algunos jugadores y me estaba tomando el pelo; pero&nbsp; cuando salí de su consultorio reflexioné sobre todo lo que me había dicho. Para el resto de la&nbsp; devolución de la carta, faltaba una semana —porque siempre lo hacía en dos partes— y eso me dio&nbsp; tiempo para buscar en mi inconsciente vetas creativas que ni yo creía que tenía.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>Luego de dos horas de entrevista y de la primera devolución, salí de su pequeño búnker&nbsp; pensativa, sin saber por dónde empezar a explotar “ese potencial” del que tanto él me hablaba.&nbsp; Cuando llegué a casa, llamé a Pilar y se lo conté. Ella fue la primera en saberlo. Y dio la casualidad de que Pablo no estaba loco. ¡Tenía razón! De repente, y hablando con&nbsp; ella, me vinieron a la mente imágenes de cuando era chica. Me encantaba escribirles cartas a mis&nbsp; amigas estando de vacaciones.&nbsp;</i></p><p><i>Cartas interminables en las que nos contábamos todo, con lujo de detalles, sin olvidarnos de&nbsp; nada. Esto me hacía sentirlas más cerca de mí.&nbsp;</i></p><p><i>Cuando tenía entre doce y trece años, no existía el correo electrónico así que en mis&nbsp; vacaciones me dedicaba a escribir, nos carteábamos entre todas, cada una desde el lugar en donde&nbsp; estaba. Definitivamente, me conectaba con la escritura.</i></p><p><i>Todo esto lo tenía reprimido hasta que Pablo, que ya se había convertido en mi gurú&nbsp; espiritual, me lo hizo reflotar. Él tenía razón. En ese momento, mi vida no estaba pasando por la&nbsp; mejor etapa, pero a fuerza de mucha voluntad, trataba de ponerle onda.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>Me iba a poner a escribir. El problema era sobre qué. Mi vida no tenía hechos tan&nbsp; trascendentales como para dedicarle un libro. De hecho, creo que con cuatro páginas terminaba todo&nbsp; mi relato. Así que esa semana me puse en campaña para buscar mi tema. El tema de mi libro. Mi&nbsp; primer libro.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>En la primera entrevista me había dicho que debería explotar mi potencial creativo, en la&nbsp; segunda lo reafirmó. Si me quedaba alguna duda de que se hubiese equivocado, la había aniquilado.&nbsp; Así que me decidí a arrancar. Tenía que salir de ese pozo en el que estaba sumergida y dedicarle más&nbsp; tiempo a mi vida, a mis cosas y no ocuparme tanto en los demás. Esa semana que tuve para pensar,&nbsp; busqué el tema de mi libro. Tenía que ser algo que se relacionara conmigo, con mi vida, mis cosas,&nbsp; experiencias. En ese momento en lo único que pensé fue en los trastornos alimentarios, porque había&nbsp; pasado por eso, aunque me producía cierto pudor escribir cosas de mi vida tan privadas. Era tocar&nbsp; muy de cerca mis experiencias vividas, sacar a relucir los hechos que tanto me habían atormentado durante años, que marcaron mi vida y la de toda mi familia.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>Cuando se lo conté a mis amigas, se quedaron petrificadas. Jamás se hubieran imaginado que&nbsp; iba a escribir acerca de lo que había vivido.&nbsp;</i></p><p><i>De a poco fui dándole forma a ese pequeño proyecto llamado “libro”, mi primer proyecto&nbsp; personal o, mejor dicho, mi segundo, al cual estaba dispuesta a dedicarle todo el tiempo que fuera necesario. Lo primero que busqué fue el nombre. Ya sé que eso es lo último que se hace, pero no&nbsp; quise ser convencional y aburrida —si mi corrector literario estuviese leyendo esto, seguramente se&nbsp; enojaría, aunque sabe que no lo hice con mala intención—. Y fue lo primero que encontré sin ningún&nbsp; problema ni traba. Mi primer libro se iba a llamar “</i></p><p><i>Lucía</i></p><p><i>”. Para mí no era un nombre cualquiera,&nbsp; tenía dos significados muy importantes que marcaron mi vida: por un lado, es mi nombre, y por el otro, es el tiempo verbal pretérito imperfecto de “lucir”, con todo lo que eso implica a la hora de&nbsp; hablar del cuerpo y la comida, y la relación entre ambos. Pues entonces, “Lucía” sería. Nunca me imaginé que mi pasado podría llegar a ser escrito para que otras personas lo&nbsp; leyeran. Eso me impulsó, porque en el trayecto de mi infancia y adolescencia me crucé con muchas&nbsp; chicas que habían pasado por lo mismo, así que de alguna manera sentía que las estaba ayudando.&nbsp; Empecé por volcar todo en un cuaderno, lo que me había pasado en mi vida de manera&nbsp; cronológica para no olvidarme de nada. Por supuesto que no iba a escribir todo, había cosas que&nbsp; estaban olvidadas, creo que retuve lo más importante. Tenía que ponerme a diagramarlo y estaba&nbsp; decidida a contarles casi todo. Seguramente habría una parte de la familia que se iba a enterar por&nbsp; este medio de los sucesos y sentimientos que yo tenía en ese momento. Ellos conocían los hechos&nbsp; que iban sucediendo de forma ordenada, pero no lo que me pasaba por la cabeza. Es más, hasta me&nbsp; animo a pensar que ni se podían llegar a imaginar lo que mi cabeza maquinaba en esa etapa. Nunca pensé que mi vida podía llegar a ser tan tormentosa. Creía que se parecería más a un&nbsp; cuento de hadas y no a una película de terror.&nbsp;</i></p><p><i>Soy una chica normal, criada en una familia con todas las cosas que se pueden tener y unos&nbsp; padres cultos y educados, con valores bien presentes. Me crie en un barrio en donde la gente se&nbsp; saluda por la calle, donde conocés a tus vecinos, donde armás grupos de amigos y hasta llegás a salir&nbsp; con uno de ellos, y te ilusionás con que puede llegar a ser el amor de tu vida. Más tarde, te das cuenta&nbsp; de que fue siempre el mejor amigo, que se quedó sentado mirándote mientras vos proyectabas en la&nbsp; pareja; mientras él, muy tranquilo, te veía armar un plan que nunca concretaría. Con el correr del&nbsp; tiempo, a esos amigos con los que compartiste momentos inolvidables —desde el primer baile en el&nbsp; boliche hasta el trago de alcohol—, los empezás a ver cada vez menos y una sensación rara invade tu&nbsp; vida. Los amigos del barrio marcaron ciertos momentos en mi vida. Con ellos compartí las primeras&nbsp; cosas importantes y hasta confidencias que ni a mis padres les conté, como la primera vez, el primer&nbsp; beso o las rateadas del colegio. El barrio era muy lindo, Flores era el elegido por mis padres, más por&nbsp; mi mamá que por mi papá, ya que ella era la que direccionaba el rumbo de la familia. Una semana después volví para que Pablo me hiciera la segunda devolución de la carta en&nbsp; donde le conté que ya había elegido el nombre de mi primera novela y la verdad que su cara me&nbsp; sorprendió. Estaba contento y eso me llamó la atención.&nbsp;</i></p><p><i>Él insistía con eso de la creatividad, la imaginación y todas esas cuestiones que a mí todavía&nbsp; me parecían raras. Me preguntó si había trabajado todos los temas que se habían tocado en la sesión&nbsp; anterior y le conté lo del libro. Luego le dije sobre el cuaderno en el que estaba empezando a escribir&nbsp; de forma cronológica los hechos sucedidos en mi vida, tratando de no olvidarme de nada. Creo que&nbsp; cuando hice memoria de todo lo que quería plasmar, no merecía la pena dejar hechos afuera de este&nbsp; proyecto.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>La segunda sesión duró más tiempo que la primera, porque además de ratificar lo de la&nbsp; creatividad, hablamos de la relación que yo mantenía con mi mamá. No por nada padecía un&nbsp; trastorno alimentario y creo que ella tenía mucho que ver en esto.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>Pablo no paraba de hacerme relaciones familiares que concluían en mi comportamiento hacia&nbsp; la comida. Afirmaba que tenía fuertes descargas emocionales con la comida, del tipo “atracón”, pero&nbsp; yo me hacía la desentendida y no me quería hacer cargo, por supuesto.&nbsp;</i></p><p><i>A mi papá lo ubicaba en un lugar más sano, ausente, sin meterse en la vida de nadie. Creo que&nbsp; me hubiese gustado tener un padre más participativo, pero eso no pudo ser. Si bien él iba a las&nbsp; reuniones de padres y cada tanto opinaba sobre algunos aspectos de mi vida, lo hacía desde un lugar&nbsp; diferente al de mi vieja. Ella siempre tan metida en todo, sin querer perderse nada y dando su opinión&nbsp; como si fuese lo más importante.&nbsp;</i></p><p><i>Pablo me mandó, además de las dos sesiones de devolución de la carta, algunos textos por&nbsp; correo electrónico para ir reflexionando un poco más acerca de lo que habíamos hablado. Dijo que&nbsp; era un modo de “hacer catarsis” sobre lo conversado. Eran bastante interesantes, por lo que me puse&nbsp; las pilas con el tema de escribir, además ya no iba a dejar pasar el momento de inspiración.&nbsp;</i></p><p><i>Al ser una escritora principiante, no sabía por dónde empezar, así que busqué algún taller&nbsp; literario que pudiese darme las pautas para comenzar de una vez por todas. Encontré uno muy bueno, que solo duraba un mes y me aportaba las herramientas necesarias para emprender este proyecto tan&nbsp; deseado. Llamé y me anoté en ese momento, total para pagar había tiempo. El profesor me daba la posibilidad de abonar la cuota de ese mes en la primera clase, lo cual&nbsp; me facilitaba todo aún más. Se cursaba dos horas dos veces por semana.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>Llegué a la primera clase, muy emocionada y dispuesta a aprender todo lo que sea necesario&nbsp; para ponerme a escribir. Nos presentamos y cada uno dio la razón de por qué estaba ahí. Llegó mi&nbsp; turno y expliqué los motivos de mi presencia. Todos estábamos ahí por la misma razón: la escritura.&nbsp; Jamás imaginé que escribir me iba a fascinar.&nbsp;</i></p><p><i>El profe nos dio la primera tarea y yo estaba más emocionada que nunca. Teníamos que hacer&nbsp; un cuento corto, con principio, nudo y desenlace y a mí lo único que se me ocurría era escribir sobre&nbsp; mi libro y ese tema; sobre ninguno otro más. Así que comencé a pensar y surgió un pequeño cuento&nbsp; relacionado con los trastornos alimentarios y por supuesto, la protagonista tenía el mismo nombre&nbsp; que yo: Lucía.&nbsp;</i></p><p><i>Algo raro me pasaba cuando escribía y lo comenté en el taller para compartirlo con el resto.&nbsp; Resulta que solo podía concentrarme en mi tema y no podía escribir sobre otra cosa. Mientras el&nbsp; resto redactaba cuentos de temas variados, yo solo me concentraba en lo mismo: en Lucía. Expuse&nbsp; mi cuento y todos se quedaron helados; las palabras eran fuertes y los hechos que le ocurrían a la&nbsp; protagonista también.&nbsp;&nbsp;</i></p><p><i>Pablo se lleva los laureles y el profe mis gracias eternas, por el apoyo y la paciencia. Después de que el curso terminó, continué tomando las clases del taller literario. Lo adopté como grupo de&nbsp; autoayuda en donde todos los martes nos juntábamos para exponer cada uno su cuento y el profe nos&nbsp; corregía. Yo siempre llevaba lo que había escrito acerca de mi libro y todos lo comentaban. Estaba&nbsp; feliz de mi nuevo proyecto; y todo esto se lo debía a Pablo, quien fue la primera persona que confió&nbsp; en mí y me encaminó en esto.&nbsp;</i></p>

Preguntas y respuestas

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