El dolor de sentirse prescindible

Autor: Claudia Andrea Rodríguez Bubis , 07/01/2026 (37 vista)
Emociones y sentimientos, Soledad, Sentido de la vida, Relaciones familiares
El dolor de sentirse prescindible

Una viñeta clínica sobre la experiencia de la soledad, en una adulta mayor.

En el consultorio se presenta una mujer de 75 años. Es abuela de dos nietos, que actualmente transitan los inicios de su vida adulta y en otro tiempo, ella fue pilar en sus crianzas. El motivo de consulta es una sensación de orfandad, se siente "fuera de la familia", habitando una soledad que describe como una pérdida de esperanza y motivación, su lugar en el mundo se ha ido desdibujando.

Relata que antes la llamaban por teléfono, la consultaban, en cambio ahora sus mensajes tardan en ser respondidos o se pierden en el ruido cotidiano. Ve que sus nietos están online, pero no le responden. En su experiencia subjetiva, el silencio del otro es leído como un rechazo existencial, como una exclusión deliberada. Sin embargo, al ampliar la escena, aparece una familia que la visita semanalmente, que acepta y genera encuentros, cenas y convocan su presencia, por ejemplo en estas fiestas, en nochebuena, navidad, fin de año y año nuevo. La realidad vincular no es la del abandono objetivo, pero la vivencia insiste: “Ya no soy parte”.

Clínicamente, observamos aquí el resquebrajamiento de una trama que durante décadas organizó su vida. Hoy sus hijos y nietos se expanden hacia sus propias vitalidades, mientras ella queda sola, con su tiempo y sus silencios. La soledad no nace en el comportamiento de los nietos, ellos actúan como el espejo que revela una falta preexistente.

En este contexto, el vínculo se carga de una expectativa imposible de colmar. La paciente insiste escribiéndoles a diario, en un intento desesperado por confirmar su pertenencia. Pero esa insistencia produce un efecto paradojal: cuanto más necesita asegurarse un lugar, más pesado se vuelve el lazo para los otros. Hay casos en que las personas no huyen del afecto, sino de la obligación de ser el único soporte vital de un tercero.

A esto se suma la dificultad de alojarse en el presente. Su discurso aparece anclado en un mundo que ya no existe y, desde allí, juzga el tiempo actual como superficial o vacío. Esta posición, a veces rígida, se estructura como una defensa: intentar proteger una identidad que siente amenazada frente a la velocidad de una cultura familiar que no la comprende.

Existe una asimetría central que debemos interrogar: los nietos, jóvenes en expansión, no pueden ocupar el lugar de sostén emocional total que ella requiere. Cuando un vínculo se vuelve el único refugio, deja de ser un lazo para transformarse en una condición de existencia. Así, cualquier silencio, demora o falta, adquiere un peso devastador.

Este padecimiento no es puramente intrapsíquico, está atravesado por lo social. Vivimos en sociedades que exaltan la juventud, la productividad, la inmediatez, dejando a quienes transitan la vejez en las márgenes de lo invisible. La paciente no solo lidia con el silencio de su familia, sino con un mensaje social que le devuelve una imagen de inutilidad.

El trabajo terapéutico, entonces, no consiste en convencerla de que "la quieren", ni en pedirle que "baje sus expectativas". Se trata de un movimiento más delicado: acompañarla a distinguir entre el amor y la disponibilidad constante, entre la autonomía del otro y el sentimiento de rechazo personal. Y, fundamentalmente, abrir una pregunta: ¿Qué queda de su vida, cuando el otro no responde? Y si responde ¿Cuánto dura el efecto de satisfacción?

Lo que duele no es sólo la falta de respuesta, sino no tener un mundo propio al cual volver cuando el otro calla. La herida que se activa es la de sentirse prescindible. El desafío clínico no es que los otros llamen más, sino que ella pueda construir otros apoyos y sentidos que no dependan exclusivamente del reconocimiento familiar.

Al final del camino, nos queda un interrogante que nos trasciende: ¿Cómo habitar una etapa de la vida en la que el mundo exterior parece acelerarse mientras el propio tiempo invita a la pausa? El desafío no es encontrar culpables en el vínculo, sino abrir un espacio donde esa nueva forma de soledad pueda ser nombrada, alojada y, eventualmente, transformada en una nueva forma de presencia.

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