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Cuando los hijos hacen su vida: cómo volver a construir la propia

Cuando los hijos hacen su vida: cómo volver a construir la propia

Cuando los hijos crecen y comienzan a construir su propia vida, también se abre una nueva etapa para los padres. Una oportunidad para volver a mirarse, recuperar proyectos, revisar vínculos y preguntarse qué quieren construir para sí mismos.

Durante muchos años, gran parte de nuestra vida puede organizarse alrededor de las necesidades de otros. Los hijos, la familia, el trabajo, las responsabilidades cotidianas. Hay horarios que cumplir, problemas que resolver, decisiones que tomar y personas que dependen de nosotros.

Y un día, casi sin darnos cuenta, algo cambia.

Los hijos crecen. Empiezan a tomar sus propias decisiones, construyen sus relaciones, sus proyectos, su trabajo. Algunos se van de casa; otros siguen viviendo con nosotros, pero ya no nos necesitan de la misma manera.

Entonces aparece algo que, desde afuera, podría parecer maravilloso: más tiempo, menos obligaciones y mayor libertad.

Sin embargo, no siempre se siente así.

A veces aparece una sensación difícil de explicar. No necesariamente es tristeza. Puede ser desconcierto, cierta soledad, falta de entusiasmo o incluso una pregunta que hacía mucho tiempo que no nos hacíamos:

¿Y ahora qué quiero yo?

Cuando cambia un rol que ocupó mucho espacio

Ser madre o padre no termina cuando los hijos crecen. Pero la manera de ejercer ese rol necesariamente cambia.

Durante años hubo una función muy concreta: cuidar, acompañar, organizar, proteger, decidir, resolver. Esa función daba estructura a buena parte de la vida cotidiana.

Cuando los hijos empiezan a manejarse solos, no solamente cambia la relación con ellos. También puede cambiar la percepción que tenemos de nosotros mismos.

Y esto sucede especialmente cuando durante mucho tiempo fuimos postergando otras partes de nuestra vida.

“Cuando los chicos sean más grandes voy a tener tiempo.”

“Más adelante voy a pensar qué quiero hacer.”

“Ahora no puedo.”

Ese “más adelante” finalmente llega. Y, paradójicamente, cuando llega puede encontrarnos sin saber demasiado bien qué hacer con él.

No porque no tengamos intereses o capacidades, sino porque durante años nos acostumbramos a mirar primero hacia afuera.

Volver a mirarnos requiere un aprendizaje.

No se trata de llenar el tiempo

Frente a esta nueva disponibilidad, una respuesta frecuente es intentar mantenerse ocupado.

Empezar actividades. Organizar salidas. Llenar la agenda. Hacer aquello que durante años quedó pendiente.

Todo eso puede ser positivo. Pero existe una diferencia importante entre ocupar el tiempo y construir una etapa nueva.

Una agenda llena no necesariamente responde a la pregunta acerca de qué queremos para nuestra vida.

Quizás sea un buen momento para hacernos preguntas diferentes:

¿Qué cosas sigo haciendo simplemente porque siempre las hice?

¿Qué aspectos de mi vida quiero conservar?

¿Qué me gustaría cambiar?

¿Qué relaciones quiero cuidar o recuperar?

¿Qué deseo aprender?

¿Qué proyectos fui postergando?

¿Qué me entusiasma hoy, independientemente de lo que me entusiasmaba hace diez o veinte años?

Y quizá una de las preguntas más importantes:

¿Quién quiero ser en esta nueva etapa?

No hace falta tener inmediatamente todas las respuestas.

Muchas veces el primer paso consiste simplemente en volver a hacerse las preguntas.

También cambian los vínculos

Cuando los hijos ocupan menos espacio en la vida cotidiana, quedan más visibles otros vínculos.

La pareja, si la hay, puede encontrarse nuevamente frente a frente después de muchos años en los que gran parte de las conversaciones giraron alrededor de la familia.

Las amistades también pueden haber cambiado. Algunas quedaron relegadas; otras ya no representan lo mismo.

Incluso nuestra relación con nosotros mismos puede necesitar una revisión.

Por eso esta etapa no consiste solamente en aprender a relacionarnos de otra manera con nuestros hijos. Puede ser una oportunidad para observar cómo queremos relacionarnos con todas las personas que forman parte de nuestra vida, incluida la persona que vemos cada mañana en el espejo.

Recuperar proyectos no significa empezar de cero

Existe una idea bastante instalada de que determinados cambios importantes tienen que hacerse cuando somos jóvenes.

Cambiar de profesión. Emprender. Estudiar algo nuevo. Viajar. Enamorarse. Conocer gente. Aprender. Crear un proyecto propio.

Como si después de determinada edad solamente quedara administrar lo que ya construimos.

Sin embargo, llegar a una nueva etapa de la vida también significa llegar con experiencia, conocimientos, vínculos, aprendizajes y una comprensión de nosotros mismos que probablemente no teníamos veinte años atrás.

No se trata de volver a ser quien fuimos.

Tampoco de inventar una persona completamente diferente.

Se trata de preguntarnos qué queremos hacer con todo lo que somos hoy.

Puede ser un proyecto laboral, pero no necesariamente. Puede ser recuperar algo que abandonamos, modificar una forma de vivir, ampliar nuestro mundo social, aprender, viajar, participar en un proyecto, mejorar una relación o simplemente comenzar a tomar decisiones más alineadas con lo que hoy necesitamos.

Dar lugar a una nueva versión de nuestra vida

Los cambios de etapa suelen tener algo incómodo: durante un tiempo convivimos con una vida que está dejando de ser como era y otra que todavía no terminamos de construir.

Queremos avanzar, pero al mismo tiempo extrañamos algunas cosas.

Queremos que nuestros hijos sean independientes, pero podemos sentir la ausencia de aquella época en la que nos necesitaban.

Queremos disponer de nuestro tiempo, pero quizás no sabemos todavía qué queremos hacer con él.

Estas contradicciones son parte de los procesos de cambio.

No es necesario resolverlas todas de inmediato.

Lo importante es no interpretar esa incertidumbre como una señal de que “ya no hay nada por delante”.

Puede significar exactamente lo contrario: que estamos ante un espacio que todavía no tiene una forma definida y que ahora tenemos la posibilidad de empezar a construir.

¿Qué puede aportar un proceso de coaching?

El coaching puede ofrecer un espacio para detenernos a observar dónde estamos, qué queremos conservar y qué necesitamos transformar.

No para recibir instrucciones acerca de cómo deberíamos vivir esta etapa, sino para poder identificar nuestras propias respuestas.

A veces sabemos perfectamente qué no queremos, pero todavía no conseguimos definir qué queremos en su lugar. O tenemos proyectos e ideas, pero seguimos postergándolos. O simplemente necesitamos ordenar pensamientos que llevan demasiado tiempo mezclados entre obligaciones, expectativas y deseos.

Trabajar sobre esas conversaciones puede ayudarnos a transformar preguntas generales en decisiones y acciones concretas.

Porque cuando los hijos empiezan a construir su propia vida, no necesariamente queda un vacío que debamos llenar.

Puede abrirse algo diferente:

la posibilidad de volver a elegir, con mayor conciencia, cómo queremos construir la nuestra.

¿Reconoces estas señales en ti? Elige un psicólogo con quien te sientas cómodo siendo tú.
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