Cuando la madre no accede a la culpa

Autor: Claudia Andrea Rodríguez Bubis , 26/12/2025 (62 vista)
Relaciones familiares
Cuando la madre no accede a la culpa

Efectos de una agresividad persistente

En la clínica contemporánea aparecen con frecuencia consultas atravesadas por un malestar que no se limita al presente inmediato. Personas adultas que, aun habiendo construido una vida propia, continúan cargando con un peso vincular que no termina de ceder. En muchos casos, ese peso está ligado a la figura materna y a formas de agresividad que se mantienen activas a lo largo del tiempo.

Ayer, en el consultorio, una paciente de 53 años traía el peso persistente de su madre de 80. La describía como una mujer agresiva, cerrada a toda autocrítica, incapaz de registrar culpa. No se trataba de episodios aislados, sino de un modo de estar en el vínculo: palabras que hieren, gestos descalificadores, una certeza inquebrantable de estar siempre del lado de la razón.

Solemos creer que el paso del tiempo —o la vejez— apacigua los conflictos. Sin embargo, en la clínica escuchamos cómo ciertas figuras maternas continúan “reinando” en la vida psíquica de sus hijos incluso décadas después. Madres que ya no ocupan un lugar central en la vida cotidiana, pero que conservan un poder decisivo en el mundo interno de quienes fueron sus hijos.

¿Qué ocurre cuando una madre no puede reconocer una falla?

Existen estructuras subjetivas que no acceden a la culpa no por fortaleza, sino porque reconocer el daño causado las desarmaría. En estos casos, la agresividad funciona como una defensa: una manera de no pensarse a sí mismas, de no interrogar su propia posición. La falta de culpa no es entonces un rasgo moral, sino una imposibilidad psíquica.

Para quien queda del otro lado del vínculo, esta dinámica suele ser profundamente desgastante. Muchas hijas e hijos permanecen años intentando explicarse, justificarse, esperando una palabra distinta, un reconocimiento, un pedido de perdón que repare algo del daño vivido. Esa espera, sostenida en el tiempo, suele convertirse en una fuente constante de sufrimiento.

Comprender esta dimensión estructural puede convertirse en una llave clínica fundamental. No se trata de justificar ni de absolver a la madre, sino de introducir una distinción necesaria: no toda agresión proviene de la maldad; muchas veces es efecto de un límite psíquico. Diferenciar decisión moral de imposibilidad estructural permite, en algunos casos, aliviar la expectativa —tan persistente como dolorosa— de que “algún día va a entender”.

El trabajo analítico apunta, entonces, a desarmar la fantasía de reparación. No porque el daño no haya existido, sino porque aquello que se espera del otro no está disponible. Permanecer en la espera de una respuesta que no llega suele mantener a la hija (en esta viñeta) en una posición de sometimiento, aun cuando en la realidad sea una adulta autónoma.

Retirarse psíquicamente no implica cortar el vínculo ni desentenderse de la realidad, sino dejar de esperar algo que nunca estuvo allí. Es un movimiento interno, silencioso, pero decisivo. Allí donde antes reinaba la expectativa de cambio del otro, puede comenzar a construirse una soberanía propia.

En los procesos terapéuticos, el alivio no proviene de que el otro cambie, sino de que el sujeto pueda modificar su posición frente a aquello que no depende de él. Poder nombrar lo vivido, darle un estatuto y reconocer los límites del otro suele abrir un margen nuevo de libertad subjetiva. No una libertad ideal ni definitiva, sino posible: la de dejar de organizar la propia vida en función de una espera que no encuentra respuesta.

Cabe pensar que en el trabajo terapéutico, poder poner palabras allí donde durante años hubo silencio o confusión suele producir un primer alivio. No porque el pasado se borre, sino porque deja de operar de manera muda. Darle un lugar simbólico a lo vivido permite que el sufrimiento no siga organizando, de manera invisible, las decisiones del presente.

Una pregunta para pensar:

¿Sentís que mandatos maternos —o la espera de una reparación— siguen gobernando tus decisiones hoy?

El artículo ya recibió “me gusta”