Hay personas que tienen una capacidad extraordinaria: pueden predecir el futuro.
Saben que la entrevista de trabajo va a salir mal. Que el estudio médico va a tener un resultado preocupante. Que la otra persona se va a enojar. Que van a hacer el ridículo. Que algo malo va a pasar durante el viaje. Que no van a poder resolver ese problema que todavía ni siquiera ocurrió.
Lo saben.
O, al menos, lo sienten con una certeza bastante parecida a saberlo.
Lo curioso es que semejante capacidad predictiva suele tener una particularidad: funciona mucho mejor para anticipar desgracias que buenas noticias.
Nadie parece despertarse a las tres de la mañana pensando:
“¿Y si mañana me ofrecen el trabajo que quería?”
“¿Y si el estudio da perfecto?”
“¿Y si finalmente sale todo bien?”
“¿Y si resulta mucho más fácil de lo que estoy imaginando?”
No.
A las tres de la mañana, nuestros poderes adivinatorios suelen ser bastante más pesimistas.
La psicología cognitivo-conductual tiene una explicación bastante menos sobrenatural para este fenómeno.
La ansiedad es una respuesta normal frente a situaciones que percibimos como amenazantes. Nos permite anticiparnos, prepararnos y responder frente a aquello que podría representar un peligro. El problema aparece cuando comenzamos a responder frente a una posibilidad como si estuviéramos frente a una certeza.
“Podría salir mal” se convierte en “va a salir mal”.
“Existe la posibilidad de que no pueda” se transforma en “no voy a poder”.
“Tal vez piense eso de mí” termina convertido en “seguro piensa eso de mí”.
“Todavía no tengo el resultado” puede transformarse rápidamente en “algo encontraron”.
Y así, casi sin darnos cuenta, dejamos de imaginar futuros posibles y empezamos a comportarnos como si hubiéramos recibido información privilegiada sobre el futuro real.
El problema es que una idea no necesita ser cierta para producir una emoción.
Si mañana tengo que enfrentar una situación que considero difícil y comienzo a imaginar que voy a fracasar, mi cuerpo no espera hasta mañana para comprobar si efectivamente ocurre. Puede reaccionar hoy frente a la representación que estoy construyendo.
El corazón se acelera ahora. La preocupación ocurre ahora. Dormimos mal ahora. Evitamos ahora. Cancelamos ahora. Ensayamos mentalmente conversaciones que todavía no sucedieron ahora.
El acontecimiento pertenece al futuro.
La angustia, en cambio, ya llegó.
Y probablemente ésta sea una de las trampas más interesantes de la ansiedad anticipatoria: sufrimos las consecuencias emocionales de acontecimientos cuya existencia todavía desconocemos.
Incluso podemos hacerlo muchas veces por el mismo acontecimiento.
Podemos preocuparnos una semana antes, imaginar diferentes escenarios durante varios días, dormir mal la noche anterior y llegar agotados al momento que tanto temíamos. Después, quizás aquello efectivamente resulte difícil. Quizás no. Tal vez ocurra algo completamente diferente de lo que habíamos imaginado.
Pero todo el sufrimiento anticipatorio ya ocurrió.
A veces aparece entonces una frase aparentemente razonable: “Prefiero prepararme para lo peor”.
El problema es que preocuparse y prepararse no son necesariamente la misma cosa.
Prepararse puede implicar pensar qué necesito, evaluar alternativas, reunir información o decidir qué haría ante diferentes escenarios. La preocupación ansiosa, en cambio, puede mantenernos durante horas recorriendo mentalmente distintas versiones de una situación sin producir ninguna solución nueva.
Pensar una posibilidad una vez puede ayudarnos a decidir.
Pensarla cincuenta veces no necesariamente nos da cincuenta veces más información.
Sin embargo, la mente insiste.
“¿Y si pasa esto?”
“¿Y si después ocurre aquello?”
“¿Y si no sé qué hacer?”
“¿Y si no puedo?”
Y cada pregunta abre una nueva posibilidad que también necesita ser analizada.
El futuro se convierte así en una especie de problema que intentamos resolver antes de que exista.
Por supuesto, anticipar no es necesariamente un problema.
Los seres humanos necesitamos hacerlo. Planificamos, evaluamos riesgos, pensamos escenarios y tomamos decisiones teniendo en cuenta aquello que podría ocurrir. Sería bastante complicado vivir si únicamente pudiéramos reaccionar ante lo que tenemos delante.
Tampoco se trata de reemplazar pensamientos negativos por pensamientos positivos.
Decir “seguro va a salir todo bien” puede ser tan poco verificable como afirmar “seguro va a salir todo mal”.
En ambos casos seguimos intentando conocer algo que todavía no conocemos.
La diferencia está en otro lugar.
Una cosa es pensar:
“Esto podría pasar.”
Y otra bastante distinta:
“Esto va a pasar.”
Entre esas dos frases hay apenas unas palabras.
Psicológicamente, puede haber un mundo.
Porque cuando una posibilidad empieza a experimentarse como certeza, nuestras decisiones también comienzan a organizarse alrededor de ella.
No voy porque seguro la voy a pasar mal.
No pregunto porque seguramente me van a decir que no.
No intento porque probablemente fracase.
No hablo porque voy a quedar en ridículo.
No viajo porque algo podría pasar.
No espero el resultado porque mentalmente ya lo recibí.
Y entonces ocurre algo todavía más paradójico: empezamos a modificar nuestra vida presente en función de un futuro que nosotros mismos hemos supuesto.
Incluso la evitación puede terminar dándole todavía más credibilidad a aquella predicción.
Si no fui a esa reunión porque estaba convencido de que iba a sentirme incómodo, nunca pude comprobar qué habría sucedido realmente. Si no hice aquella pregunta porque anticipé un rechazo, tampoco pude descubrir cuál habría sido la respuesta.
La predicción queda intacta porque la realidad nunca tuvo oportunidad de discutirla.
Quizás por eso, frente a determinados pensamientos ansiosos, haya una pregunta bastante sencilla que vale la pena hacerse:
¿Esto que estoy pensando es algo que sé o algo que estoy suponiendo?
La pregunta no garantiza que aquello que tememos no vaya a ocurrir.
Puede ocurrir.
Una entrevista puede salir mal. Una persona puede rechazarnos. Un viaje puede complicarse. Un resultado puede no ser el que esperábamos.
La incertidumbre no significa que todo vaya a salir bien.
Significa, justamente, que todavía no lo sabemos.
Y ése quizás sea uno de los desafíos más difíciles de la ansiedad: tolerar durante un tiempo ese espacio entre la pregunta y la respuesta sin llenarlo inmediatamente con una certeza inventada.
No podemos saber que algo saldrá bien.
Pero tampoco podemos saber que saldrá mal.
La incertidumbre funciona para los dos lados.
Y, lamentablemente, hasta nuevo aviso, ninguno de nosotros tiene el don de predecir el futuro.